
Desde tiempos inmemoriales la piel de los animales ha sido de gran utilidad al hombre; aunque el trabajo con este elemento no era desconocido por las antiguas culturas que poblaron el continente americano, la introducción por los españoles de especies desconocidas en Mesoamérica, como el ganado lanar y el vacuno, dio a la talabartería un impulso y diversificación notables; en el caso de México se fue desarrollando un estilo propio que en las diferentes regiones adquirió rasgos singulares.
En Chiapas la talabartería jugó un papel muy importante en la nueva forma de vida que surgió en el siglo XVI.
Anteriormente, en las principales ciudades del estado existían talabarteros que preferencialmente fabricaban: atarreas, mantillones, monturas, cabezadas, chicotes y todo tipo de artículos requeridos en la caballería; destacando la producción en Comitán y San Cristóbal de las Casas, en las que además de las piezas señaladas se hacían fundas para machetes y cuchillos, el carcajo gigante y el de cintura, carrilleras y zapatos.
